Sobre la elección de un nombre

23 febrero 2009

Tras mucho tiempo pensando en la posibilidad de escribir en una de éstas bitácoras gratuitas, finalmente he decidido crear una cuenta en WordPress. ¿Por qué WordPress? Bueno, ¿por qué no? Funciona bien, tiene una base de usuarios muy extensa, un catálogo de plantillas bastante amplio y está soportado por un número relativamente grande de navegadores. Además, es gratis (requisito imprescindible).

El caso es que ésto ha sido una especie de “compra compulsiva” –¿cómo, no acabas de escribir que llevabas “tiempo pensando en la posibilidad”? –bien, si, pero no lo pensaba seriamente. Lo decía por cumplir con el tópico. De hecho, dudo que nadie haya pensado seriamente en crear uno de éstos espacios virtuales. A fin de cuentas, mucha gente no escribiría las cosas que escribe si lo hubiera pensado seriamente.

Así que el caso es que ésto ha sido una especie de “compra compulsiva”. Me rondaba la idea por la cabeza y al final me he dicho para mi –Mira, tío… –cuando mantengo conversaciones conmigo mismo, acostumbro a emplear tal familiaridad –Tío, mira. O lo haces ya, o no lo haces.

Y lo he hecho. Me he lanzado al río. He cogido al toro por los cuernos. Me he “tirao palante”… y me he detenido de golpe, se me ha escapado el asta y me he dado de bruces contra el fondo cuando, en la página de inicio del asistente de creación del blog, un oscuro y amenazador campo de entrada (en realidad no era oscuro, sinó que tenía el fondo blanco y lo bordeaba un recuadro negro muy elegante, pero así no parece tan amenazador por lo que me permito la licencia artística) me preguntaba — “¿Qué nombre vas a poner a tu blog?”

¡Qué nombre le iba a poner a mi blog! ¡Vaya pregunta!… pues, ¡yo que sé!

Claro, es lo malo de comprar compulsivamente: que no te has parado a pensar en nada. No se puede ir uno a una tienda de ropa pensando –Um, el otro día ví en el aparador una camisa a cuadros rojos y tras revisar mi armario, me he dado cuenta de que justo me hace falta una camisa de esas características para combinarla con mis pantalones a rayas verdes, así que creo que iré el fin de semana que viene y comprobaré la calidad del tejido. Si la calidad es suficiente y el precio inferior a XX euros, entonces me parece que la compraré compulsivamente.

Pero ahí estabamos, el campo amenazador y yo enfrentados monitor a cara. Lo recuerdo como si hubiera sido hace unos minutos. Tras un breve periodo de largos instantes, le he gritado “¡ajá!” y él no me ha respondido nada (claro, es un control en la pantalla) y he escrito:

B I G U S   D I C K U S

Monty Python, ¡por supuesto! Y por supuesto, el nombre ya estaba registrado.

¿Y la posibilidad de usar algo un poco más rebuscado? Por ejemplo…  ¡cuarentaydos! Así, con letras. Y por supuesto, el nombre ya estaba registrado.

Tras unos cuantos intentos más con palabras “frikis” y porsupuestoelnombreyaestabaregistrado, he desistido. Ahora mismo, me replanteo el crear la bitácora. Me replanteo el cerrar el ordenador. Me replanteo incluso mi propia existencia. Y me digo –venga ya, hombre, si ya lo hemos hablado. Es ahora o nunca… y nunca es mucho tiempo, incluso para un blog.

Así que cambio mi estrategia. El ataque frontal no sirve, así que lanzo mi carga al flanco y echo mano de la Wikipedia en búsqueda de nombres de la mitología griega, probablemente, la segunda elección de todo internauta cuya primera elección son nombres “frikis”. La tercera si no se consideran “Star Trek” o el ánime como “frikis”. Indefectiblemente, el primer intento es para “Hiperión”.  Indefectiblemente, el nombre está registrado. También lo están una veintena de dioses, media docena de titanes, ocho sextos de heroes y medio puñado de criaturas faéricas junto con Prometeo y Ulises, que también pasaban por aquí. Un guiño a los hecatónquiros y un parpadeo a los cíclopes.

– “¡Maldición!” — una exhortación habitual en mi. — No es posible que la pléyade de dioses griegos al completo esté registrada. ¿Debiera tal vez pasarme a la mitología romana? ¡No, no! ¡O griego o nada!– (Una frase, por cierto, de múltiples aplicaciones). Decido mirar en la primera linea de dioses (los tíos y las tías de Zeus) y me encuentro con un nombre que ya conocí en su momento, pero que había ya olvidado: “Mnemósine”.

Mnemósine era una de las hijas de Gea y Urano. Personificaba a la memoria y era madre de las Musas (tambien hijas de Zeus). Que apropiado, he ido a olvidarme de la personificación de la memoria. En fin, que para que no se me olvide, pruebo a registrar este nombre… y me doy cuenta de que hay gente con más memoria que yo.

– “¡Maldición!”– vuelvo a exhortar para demostrar lo habitual que es. Pero una cosa lleva a la otra como Mnemósine lleva a las Musas y me explico “bueno, en realidad yo lo que necesito para escribir es la guía de las Musas, y de éstas hay unas cuantas, así que alguna habrá ociosa en éstos momentos, digo yo.”

Y resulta que encuentro la musa perfecta: Mnemea, “…segunda musa según la clasificación de Pausanias y Musa de la Plasmación o de la Creación en sí, pues se encarga de darle forma concreta a ideas abstractas.” (si la Wikipedia no engaña) ¿Es o no es perfecta para escribir en una bitácora que trata de nada en particular?

– ¡Y además no está registrada! ¡Pues, hala! Me la quedo. A ver si hay suerte y además de prestarme el nombre me hace un poco de caso.

Y así es como  ha acontecido, sobre la elección de un nombre.


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